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viernes, 26 de diciembre de 2014

La Rúa Santa Catarina

Habíamos tratado de llegar al Grande Hotel do Porto, con los Goyos, durante dos horas. No sabíamos que ya se había inventado el GPS. Finalmente unos policías nos auxiliaron, y nos indicaron cómo llegar. Seguimos sus instrucciones, y al final de una cuesta de calle estrecha desembocamos en una preciosa calle que tenía hasta el piso decorado al estilo romano o bizantino. Por cierto, nos llamó la atención que en media vía, ancha, a la izquierda, se encontraba un camión de policía tipo SWAT, con algunos gendarmes alrededor. Parece que esta guarnición era de reglamento.

Circulamos unos cien metros en medio de un gentío que nos miraba con curiosidad, hasta que salió una especie de portero de hotel a media vía, y con señas insistentes nos exigió que viráramos a la derecha y saliéramos de la Sta. Catarina. Eso hicimos, y nos precipitamos cuesta abajo. Habíamos llegado; quien nos había auxiliado era un botones del Grande Hotel do Porto. La policía, en medio del asombro, no tuvo tiempo de reaccionar: fuimos los únicos en coche... por la calle peatonal más importante de Oporto, no sé en cuantos años.

Pasaportes para Portugal

En un Volkswagen Jetta, con el baúl a tope, la Lucy, la Xime y el Goyo (éstos dos últimos son los Goyos), nos disponíamos a ingresar a Portugal, desde la bella Zamora, y nos percatamos de que los pasaportes estaban en las maletas. Nos detuvimos en la carretera, nada especial sino un camino cualquiera, y procedimos a bajar todo el equipaje (los Titos habían exagerado las precauciones), hasta que encontramos los documentos. ¡Felicidad!

Cuando llegamos al puente... No había nada ni nadie; ni un rótulo, ni una valla, ni un guardia. Los chagras, nosotros, no sabíamos que la Unión Europea, literalmente, no tenía fronteras.

El tranvía de Lisboa

Con mi esposa Lucy, un día que nos demarcamos de los Goyos, tomamos el tranvía en la Plaza del Sol, y nos fuimos hasta el final, en búsqueda del Bar Brasil, en el que Pessoa pasó tantas tardes. Éramos, a esas alturas, los únicos pasajeros.
--¿Cuánto es vea señor?, en 'perfecto' portugués, al conductor.
¡Bueno, todo lo que nos dijo! Nos hizo pasar por encima del torno, pues ya no había manera de cobrarnos. Nos habíamos colado sin saberlo. Cuando vayan a Lisboa y tomen el tranvía, paguen al subirse... Perdón, compren el boleto antes de subirse.