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viernes, 23 de enero de 2015

Chagras en los Apeninos

Mis papás, hace ya no sé cuántos años, hacían un tour por Italia en bus, y en una de esas curvas estrechas de la montaña el bus tenía que maniobrar varias veces para poder pasar. Obviamente mi papá y otro señor ecuatoriano, que era dirigente de los transportistas, se bajaron a ayudar, es decir a dirigirle al chófer:
--¿Dele, dele, dele...!
Y luego:
--¿Avanti, avanti...!
¡Hasta que el bus chocó con un muro de piedra! El chofer se bajó alarmadísimo, y un poco a reclamar a los voluntarios, quienes más enojados que él le respondieron:
--¡Aguante le digo pues!

sábado, 10 de enero de 2015

La oreja de Van Gogh

Autorretrato de Van Gogh (venamimundo)
A las pocas semanas que habíamos tomado la administración del Hotel Quito, en el 2004, mi hija Valentina me recomienda mucho a una amiga suya, de origen español, que tenía unas propuestas comerciales interesantes que hacerme. Así es que nos reunimos a desayunar. Ella llegó con dos chicas más que parecían ser sus socias en esta empresa. Habló... habló bastante, con acento de autoridad. Yo escuchaba. Pero cuando finalmente me propuso traer la oreja de Van Gogh, le quedé viendo con una cara de sorpresa, de no entender nada, sin saber qué contestar... ¿Dónde la íbamos a exhibir? ¿Quién haría los mil trámites? ¿Le interesaba a Quito, y al hotel específicamente, esta exhibición bizarra?

¡Ya, ya... Dejen de reirse! Se trataba del grupo de rock La Oreja de Van Gogh, que yo no sabía que existía... Y que solo me enteré del fiasco semanas más tarde. Habré dado, en la duda, respuestas ambiguas, digo yo.

sábado, 27 de diciembre de 2014

No hables del ausente

A principios de los noventa me encontré, en el restaurante Mesón de la Pradera, con el dirigente deportivo y ex banquero, Rodrigo Espinoza Bermeo, con quien había yo colaborado en la organización de un torneo internacional de fútbol Sub 17. Él estaba acompañado de alguien más a quien no identifiqué. La breve charla, de pie, consistió en mi queja amarga por la pésima dirigencia del futbol ecuatoriano que hacía Galo Roggiero, quien era muy amigo de Rodrigo, a despecho mío. No dejé hablar a nadie, mucho menos al acompañante desconocido, que al final descubrí que era el propio Roggiero.

viernes, 26 de diciembre de 2014

El Santiago Bernabéu

Los Goyos perdieron las entradas para el Real Madrid - Betis, frente a las Cortes. El Goyo ya lloraba. La Lucy, en un gesto de desprendimiento total, resolvió ceder su entrada... e irse de compras con la Xime. El Goyo y yo fuimos esa noche al estadio. Hacía buen frío de febrero, y estábamos enchompandos y enguantados, como es debido. En medio del tumulto, por los vomitorios, todo el mundo, menos los chagras, estaba vestido de primavera-verano, incluyendo algunas manes con escotes pronunciados.

Antes de iniciar el partido, comenzó a hacer calor, y ya no había sitio para poner toda la ropa que nos sacábamos. Éramos los únicos en tal apuro. Ya no nos interesó la Victoria Beckham. Señores, ¡qué nos íbamos a imaginar que desde el techo que cubría los graderíos salía la calefacción! El Betis, para el descenso, le empató al Madrid a domicilio.

Pasaportes para Portugal

En un Volkswagen Jetta, con el baúl a tope, la Lucy, la Xime y el Goyo (éstos dos últimos son los Goyos), nos disponíamos a ingresar a Portugal, desde la bella Zamora, y nos percatamos de que los pasaportes estaban en las maletas. Nos detuvimos en la carretera, nada especial sino un camino cualquiera, y procedimos a bajar todo el equipaje (los Titos habían exagerado las precauciones), hasta que encontramos los documentos. ¡Felicidad!

Cuando llegamos al puente... No había nada ni nadie; ni un rótulo, ni una valla, ni un guardia. Los chagras, nosotros, no sabíamos que la Unión Europea, literalmente, no tenía fronteras.

Términi

Con los González. Queríamos retirar los billetes de tren de Venecia a Viena que habíamos comprado a EurailPass. La estación era demasiado grande, francamente. Caminamos cuadras por un pasillo a la calle, muy ancho. Finalmente encontramos las ventanillas, con sus numeritos y la cola respectiva. Les pedí a mis acompañantes que se sentaran mientras yo "arreglaba el asunto". La espera no fue muy corta, pero finalmente me tocó el turno.
--Signora, prego, Io voglio gli billetti per Viena que o comprato en EurailPass (bueno, algo así debe haber sido mi súper italiano).
La italiana, una especie de burócrata de media edad no muy bien peinada, y de lentes, me queda viendo desconcertada, y me responde:
--¡Signore, questo è la posta!
Hice cola de treinta minutos... en el correo de la estación.

El tranvía de Lisboa

Con mi esposa Lucy, un día que nos demarcamos de los Goyos, tomamos el tranvía en la Plaza del Sol, y nos fuimos hasta el final, en búsqueda del Bar Brasil, en el que Pessoa pasó tantas tardes. Éramos, a esas alturas, los únicos pasajeros.
--¿Cuánto es vea señor?, en 'perfecto' portugués, al conductor.
¡Bueno, todo lo que nos dijo! Nos hizo pasar por encima del torno, pues ya no había manera de cobrarnos. Nos habíamos colado sin saberlo. Cuando vayan a Lisboa y tomen el tranvía, paguen al subirse... Perdón, compren el boleto antes de subirse.